Sunday, May 07, 2006

El péndulo de la historia



La inocencia de la poesía de Giacomo Leopardi como esencia del futuro fascismo del siglo pasado. El resurgir del nacionalismo romántico como fruto acomplejado de la derrota de un pueblo. Principio de causalidad, una vez más, una acción conlleva un resultado. El péndulo siempre retorna adornado. Una aproximación a la persona del poeta:

Mientras la chispa romántica se extiende por Europa, el niño Giacomo se abisma en la copiosa y rancia biblioteca paterna: a los once años lee a Homero, a los trece escribe su primera tragedia; a los catorce la segunda: Pompeyo en Egipto; a los quince un ensayo sobre Porfirio; a los diecisiete otro Sobre los errores populares de los antiguos; a los diecinueve inicia su cuaderno de apuntes, Zibaldone, que le acompañará hasta 1832; a los veinte compone los que recogerá como sus primeros cantos: "A Italia", y "Sobre el monumento a Dante". Al año siguiente, enfermo de la vista y del espíritu, intenta en vano fugarse de Recanati. Desde ese momento su vida se convierte en un círculo vicioso de huidas y regresos a su ciudad natal: Roma, Bolonia, Milán, Florencia son los hitos de este viaje doloroso, en el que va dejando atrás proyectos de trabajo irrealizados y amores imposibles: Teresa Carniani-Malvezi, o Fanny Targioni-Tozzetti; en 1830 deja Recanati por última vez; en 1831 aparece la primera edición de sus Canti –la segunda lo hará en 1835–; en 1833 se traslada a Nápoles. En esa ciudad muere el 14 de junio de 1837.



" Veo, oh Patria, los muros, las arcadas
y las columnas y los simulacros,
las torres yermas de nuestros abuelos,
mas no veo la gloria,
ni el hierro ni el laurel que recubrían
a nuestros viejos padres. Ahora inerme,
pecho y frente desnudos nos enseñas.
¡Cuántas heridas, ay,
qué lividez, qué sangre! ¡Oh, mal te veo,
bellísima mujer! Pregunto al mundo
y al cielo: respondedme;
¿quién a tal os redujo? y aún más grave
es que oprimen sus brazos las cadenas;
tal que sin velo y sueltos los cabellos
yace en tierra olvidada y sin consuelo,
y escondiendo su rostro
en las rodillas, llora.
Lloras, no sin motivo, Italia mía,
nacida a vencer pueblos,
en la fausta fortuna y en la infausta."
(Fragmento de "All'Italia")

Para más información acerca del poeta: http://es.wikipedia.org/wiki/Giacomo_Leopardi

Se trata de una breve introducción hasta que, dentro de unos días, escriba acerca de el porqué del fascismo, precedentes históricos o condiciones histórico-sociales que germinan su existencia. Hasta entonces, conviene disfrutar de un gran autor.

Wednesday, May 03, 2006

Del pensamiento perfecto o ideología verdadera.


Si alguna conclusión saca el ignorante de la famosa cita del noble pensador francés “cogito, ergo sum” (el endémizado hasta la inevitable saciedad pienso luego existo) es la de que el filósofo creó un silogismo innegable, una verdad absoluta. Grave falacia. Jamás tuvo intención de crear tal silogismo, mas la vagueza del lenguaje natural, con su imprecisión, no lleva sino a así entenderlo; si pienso luego existo, bebo luego existo. Con cada acción existo, ya que ninguna acción es menos verdadera que la de pensar, puesto que de otra forma, el hombre existiría, ¿pero existiría el animal?. Así pues, el filósofo no buscaba un silogismo empírico y absoluto.
Ahora bien, mi cometido actual no es el de otorgar una clase filosófica del pensador citado, sino más bien, a raíz de lo anterior, razonar sobre la verdad, sobre lo empíricamente demostrable, sobre lo incondicional e innegablemente absoluto y cierto.
Mi raciocinio, tal como advierto, me ha llevado a pensar que ésta, efectivamente, existe. Y existe porque en esta vida nada es relativo. Existe la verdad ideológica como tantas verdades existen, y se trata de algo, hasta el momento, innegable (pese a que no queremos basarnos en el hecho de que, por ser indemostrable, sea ya verdadero).
El relativismo (esto es, la idea de que nada es verdadero, ninguna opinión es cierta, sino que todas las opiniones son válidas, todo es lícito en tanto que formulado, lo que implica que nada es bueno o malo, sino según como se mire) ya en época presocrática, allá por el siglo V a.C., terminó por minar la democracia ateniense. Contra este relativismo demoledor, flexible, reaccionó el pensamiento socrático y platónico, en busca –ya en aquellos tiempos- de la verdad absoluta. Platón afirmaba que ésta podía ser conocida –desde un punto de vista político-, sin embargo, el hecho de que pueda conocerse o no es cuestión diferente, centrándonos en el caso a la coyuntura simple de que exista.
Efectivamente, desde mi humilde opinión, la verdad existe. Y ésta surge a partir del famoso principio de causalidad –esto es, una cosa lleva a la otra, el comer lleva a abrir necesariamente la boca- y así, el propio hombre evoluciona históricamente, y una acción lleva a otra, y cada una de ellas supone progreso o evolución –o reacción, pero a largo plazo siempre evolución-. A partir de este principio, cualquier niño podría afirmar que la perfección, la realización última de la sociedad –surgida a partir de la equivocación histórica, de la caída social del hombre- se identifica con la verdad política. Allí donde la perfección ha llegado, donde no cabe crítica alguna -porque ya se han dado y rectificado todas las posibles hasta última instancia-, está la perfección ideológica.
Así, esa perfección sólo es alcanzable mediante el paso natural del tiempo, mediante la autoformación, ya que su imposición no es posible, en tanto que no conocemos esa verdad (sólo conociendo el camino puedes llegar al fin pero, si de hecho, no conoces el fin, será imposible encontrar tan sólo el camino, que no es sino un absoluto desconocido).


Así pues, en síntesis, la afirmación idónea sería la de que el hombre no es conocedor de la verdad, y no puede serlo hasta su culminación social, si bien ésta verdad existe.
A partir de esta premisa que solidifica la necesidad de aportar a la sociedad actos progresistas que aceleren o lleven a su paso necesario a esa perfección última, el hombre es el encargado de contribuir ideológicamente a esa perfección, es decir, no puede pensar lo verdadero, pero extiende su propio pensamiento –que cree como verdadero- y contribuye indirectamente al enriquecimiento y discriminación que contribuye a la perfección.
Así surgen históricamente las diferentes ideologías –liberalismo, socialismo, fascismo,libertarismo y un largo etc., de mayor o menor impacto social-
A partir de esta idea es fácil convencer a cualquier ideólogo radicado –aquel que entiende su ideología, de forma ciega, como única y absoluta- de la necedad de su pensamiento. Si en el siglo XV, la verdad absoluta y endémica era la inquisistorial ¿es absoluta y lícita la inquisición?. El triunfo del liberalismo ilustrado del siglo XVIII se entendía como absoluto, “proclamado por la innegabilidad de la razón”, y sin embargo ¿hoy sigue considerándose, tal cual, como cierto y únicamente lícito?. El propio Imperio Romano, verdugo del cristianismo (si es verdad que no por motivos religiosos, aunque en una visión práctica nos sea indiferente), considerándolo aberrante, cambió de moneda en el año 313 de la era cristiana (con el Edicto de Milán) – con el emperador Constantino- y el cristianismo se convirtió en la única verdad absoluta del Imperio. ¿Es que sólo era verdad absoluta si así lo afirmaba Constantino?. Es evidente que no.
En cada época la ideología individual se ha visto limitada por el contexto social del momento, y las distintas corrientes se han entendido como “perfectas”. Actualmente, afirmar que la ideología de cada uno es justificable a ultranza como cierta, es ultrajante, y de cualquier modo, propio del ignaro.
En definitiva el hombre puede, esto si, plantear una ideología que “cree” como correcta. Esto es, debe buscar la forma máxima que alcance de progreso para ayudar a la perfección de la verdad ideológica. Puede, y debe, discriminar lo que considere intolerable y será el propio tiempo y el propio hombre venidero el que margine y segregue esas discriminaciones.
Así, el hombre, en definitiva, “intenta” acercarse a la auténtica verdad, pensar como él cree que está más cerca de la realidad ideológica. Se acerca a la corriente político-ideológica existente que más piensa tiende a la verdad perfecta (para poner un ejemplo antagónico, algunos pensarán que determinados comportamientos fascistas tienden a esa verdad, y otros pensarán que el acratismo es el que tiende realmente a esa verdad), pero será el tiempo y la sociedad futura quien lo advierta con su negación histórica. En tanto, el tener la capacidad de no cegarse con una ideología y acoger esencias de otras, contribuye a la reflexión y el progreso.
En definitiva, mientras exista la crítica fundada, podemos considerar que ninguna ideología es verdadera, unas se acercan más a la verdad que las otras y, en cierta medida, ayudan a mejorar la sociedad en relación con las condiciones existentes. Lo acertado es acercarse, lo máxima posible, a esas ideas que llevan a mejorar a la sociedad y que, en consecuencia, se acercan en mayor o menor medida a lo bueno, a lo verdadero, a lo innegable. (ya que, como hemos dicho, aquellas ideologías que creen mejorar la sociedad pero no lo hacen, se alejan de lo verdadero, esto es, se acercan a la reacción).
El hombre que reflexiona a partir de esta premisa, tiende al progreso social, de igual manera, el que no lo hace así y se obstina ante el resto, tiende a la reacción.